Sin crianza no hay escuela
- Irma Villalpando

- 2 jul
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El sociólogo norteamericano James Coleman recupera el principio In loco parentis para referirse a un rasgo de la escuela americana de principios de siglo pasado. In loco parentis es un mecanismo de delegación de la autoridad de los padres de familia a la escuela de sus hijos. “Los padres esperan que la escuela ejerza sobre sus hijos una autoridad y una responsabilidad comparables a la suya”.
Hace un siglo, y más atrás, los padres ejercían una clara autoridad con respecto a sus hijos; al detentarla era posible transferirla hacia la escuela en la forma de múltiples mandatos: “pórtate bien”, “obedece a tu maestra”, “pon atención en clase”, “trabaja bien”, entre otras. El funcionamiento In loco parentis es el traslado de la autoridad de los padres a las maestras y maestros.

Sólo es posible delegar la autoridad cuando se posee. Un niño que sigue las normas escolares y asume su función de estudiante (hacer las actividades, seguir indicaciones de su maestra, respetar las reglas) es porque ha internalizado en la figura de su padre, madre o ambos, una autoridad externa que mantiene una apropiada asimetría entre el mundo del adulto y el infantil.
La aceptación de la ley externa es condición de una sociedad civilizada. Parte del proceso de culturización del niño es prepararlo para vivir las normas que garantizan el orden y el respeto del entramado social y en este sentido, la familia primero, y después la escuela, juegan un rol trascendental.
En Un mundo sin adultos, Mariano Narodowski (2016) reflexiona sobre la pérdida de la verticalidad entre adultos y niños. Vivimos en sociedades mucho más horizontales, afirma. Los niños actuales dialogan con los adultos como lo hacen con sus pares. En ocasiones, opinan e imponen sus deseos ante la mirada de sus padres que, temiendo contradecirlos, se rinden concediendo.
Si los padres están en aprietos por no saber imponer su orden, la escuela sin in loco parentis, lo está más. Y no sólo porque son muchos más niños en las aulas que en lo hogares sino porque en todo proceso de enseñanza, el maestro debe ser guía y el estudiante seguidor. No hay relación educativa que fructifique si el alumno no confiere a su maestro la capacidad de organizar las actividades de aprendizaje, pero sobre todo, de instaurar en el aula las normas que hagan de ella un espacio seguro, cordial y armónico para todos, donde prevalezca el autocuidado y el bien común. Es lo que se denomina clima de aula, y más ampliamente, clima escolar.
El debilitamiento de la autoridad de los maestros en la escuela es efecto del debilitamiento de la autoridad de los padres con sus hijos. La escuela pierde capacidad de gestión con los niños porque los padres también la han perdido; o lo que es peor, le exigen a la escuela la responsabilidad de educación y cuidado sin transferirle autoridad. La ausencia de esta autoridad en la escuela, es un obstáculo más, y no menor, para que ésta pueda alcanzar sus objetivos. Desde la horizontalidad no es posible educar ni en la casa ni en la escuela.
La asimetría no debe entenderse como verticalidad autoritaria sino como la facultad que tienen tanto el docente en la escuela como los padres en el hogar, para construir un sistema con reglas de convivencia que permitan que cada integrante se desarrolle óptimamente, con aprendizajes y vínculos afectivos. Así, en el seno de la asimetría escolar se instala una construcción conjunta, una relación de diálogo tanto cognitivo como emocional entre el docente y sus estudiantes.
La sociedad es una abstracción, al igual que la escuela. Es mejor hablar de familias en cada hogar y de alumnos y docentes en cada escuela. Cuando señalamos actores las entelequias cobran cuerpo y posibilidad de acción. Así, docentes y pedagogos escolares debemos pedir a los padres y madres instaurar en sus hogares entornos dialogantes y afectivos pero siempre asimétricos. En ese entorno los adultos toman la responsabilidad de elegir las reglas de convivencia que deben seguirse para garantizar el bienestar físico, emocional e intelectual de los niños y adolescentes. Mediante este juego de reglas se crean ambientes de crianza y enseñanza apropiados para que los hijos y estudiantes crezcan personal y comunitariamente.
Aceptar la autoridad no implica docilidad o sumisión. La fuerza del adulto sobre el niño no debe traducirse como dominación o sojuzgamiento sino como vínculo afectivo; donde la orientación y la aceptación convivan armónicamente. El padre y la madre en el hogar, y la maestra o el maestro en la escuela, deben tender puentes de confianza y razón. La confianza como responsabilidad para construir lugares emocionalmente seguros para el desarrollo óptimo de la personalidad infantil y la razón como generadora de ideas que guían la elección del bien propio y del bien común

Cuando la psicología y la pedagogía denostaron los estilos de crianza autoritaria lo hicieron en rechazo a la verticalidad dominante y al efecto que provocaba: la sumisión obediente del niño y la pérdida de su seguridad. Pero la reacción pendular, hacia el otro extremo, ha hecho mucho daño: niños insumisos y horizontalidad igualitaria.
En realidad, lo que se busca es lo que el pedagogo francés Phillipe Merieu llama “firmeza benevolente”. Los niños necesitan límites, firmes pero comprensivos; requieren seguir las reglas pero siempre bajo la comprensión racional de su utilidad. Los adultos deben explicar la universalidad que tiene la regla benéfica y no simplemente ejecutar la prohibición. El “no comas dulces” debe acompañarse de las razones de preservación de la salud. El “es importante que hagas con esmero tu tarea” debe acompañarse de la explicación sobre el valor del esfuerzo para alcanzar los objetivos deseados. Las reglas se explican antes de imponerse; después, se siguen de manera serena y cordial, pero también de modo firme y consistente. Cuando hay alguna ruptura del orden, alguna falla en el cumplimiento de la norma, tanto el padre, madre o educador deben tener un equilibrio reflexivo y sensato para responder con firme benevolencia, como pediría Meireu. Firmeza porque la regla requiere límites resistentes y benevolencia porque el niño está en tránsito; en la escuela ensaya formas de actuar que a la postre llevará al mundo externo. Éste es su proceso formativo.
Las escuelas que reciban un mayor in loco parentis podrán ejercer mejor la función esencial de enseñanza de los maestros. Coleman (1970) ofrecía, en sus investigaciones, hallazgos al respecto: “Lo que se deduce de múltiples estudios es que las exigencias académicas y disciplinarias más fuertes producen mejores rendimientos”. El orden, el buen manejo de la autoridad y el respeto de las normas le permitirán a la escuela enfrentar con mayor fluidez y solvencia su tarea educativa, tanto a nivel académico como formativo.
A menudo le exigimos a la escuela cubrir las necesidades de la sociedad actual, pero ahora, como Biesta (2023) bien lo plantea, sería mejor preguntarnos qué le puede ofrecer la sociedad a la escuela para que ésta pueda funcionar de mejor manera y alcanzar sus objetivos.



Totalmente de acuerdo. Ojalá quién lo necesita de verdad lo leyera😏