Inteligencia infantil y expectativas parentales. Reflexiones honestas
- Irma Villalpando

- 29 sept
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 29 sept
Existen frases en educación que usamos como verdades socialmente aceptables, una de ellas es: “Todos los niños son muy inteligentes”. La afirmación idealiza la infancia y más que una realidad, es una expectativa deseable en la medida que encierra igualdad en el arranque de la vida y oportunidad pareja para el aprendizaje. Linda premisa, aunque, desafortunadamente, no del todo cierta.
La frase mejoraría si decimos: todos los niños tienen inteligencia, eso sí. Pero, inmediatamente después de aceptarlo, tener en cuenta que ésta se presenta con grados de alcance diferenciado, es decir, algunos niños son más y otros menos inteligentes. Esto cualquier maestra los sabe, también los padres de familia con más de un hijo.
¿Por qué el tema no se acepta?, ¿por qué cuando de ello se habla genera incomodidad o enmascaramiento?
Esta entrada reflexiona sobre la inteligencia infantil y la censura que tenemos los maestros de expresarnos abiertamente sobre ello.
Advertencia
Aunque el concepto de inteligencia teóricamente es complejo y sin consenso en la literatura especializada, para esta reflexión tomaré una definición propia, apegada, y reducida, al aprendizaje escolar: la inteligencia como capacidad personal de procesar, comprender y analizar información verbal y datos numéricos.
En la escuela identificamos a los estudiantes más inteligentes por la habilidad que muestran (en profundidad y rapidez) de aprender los temas escolares. Reitero, es una definición acotada al contexto escolar.
El propósito de esta entrada no es argüir si la inteligencia es producto de los genes heredados o del entorno cultural y el estilo de crianza de los hogares. Existen decenas de estudios serios que enfrentan desde la sociología, la economía o la psicología, entre otras, la tensión entre culture (cultura) y nature (herencia genética). Aunque hay consenso en el mundo académico que son ambos factores los que determinan el desarrollo y la calidad de la inteligencia en los niños y las niñas, también es cierto que no logran ponerse de acuerdo en el grado de influencia o alcance de cada elemento. En cualquier caso, la inteligencia es un concepto amplio y complejo que exige un abordaje cuidadoso. Mi propósito aquí no es resolver la discusión, sino reflexionar sobre la importancia de tratar este tema con franqueza y buen juicio al dialogar con los padres de familia.
Baste recordar que este blog no se entrevera en disertaciones académicas sino en reflexiones escolares de naturaleza práctica. Considero que la voz de maestros y directores abre la posibilidad de tener una práctica más consciente y oportuna. Vamos pues.
Lo que vivimos
En los pasillos de las escuelas, las maestras solemos comentar entre nosotras que niñas o niños son los más inteligentes de la clase. De hecho, también los estudiantes lo saben, aunque ellos, a diferencia de los adultos, lo dicen abiertamente en cualquier oportunidad.
A menudo, las maestras tomamos decisiones para nuestra clase en razón de esta diferenciación. Por ejemplo, cuando elegimos a un alumno para una actividad especial; para hacer un experimento o proyecto complejo; cuando lo inscribimos a un concurso o competencia de conocimientos. Eso hacemos en las escuelas y no es reprochable sino lógico.
¿Por qué entonces, si sabemos que hay niños más inteligentes que otros, no lo podemos aceptar abiertamente? Observo varios inconvenientes
El primero, el ego de los padres de familia. No hay melodía más bella para papá o mamá que escuchar que su hijo o hija es muy inteligente. Y no hay detonación más fuerte de molestia, incomodidad o enfado que escuchar, sobre todo a temprana edad, lo contrario.
De hecho, una de las máximas que seguimos en las escuelas para evitarnos problemas con padres y madres de familia es cuidar al máximo las palabras cuando queremos decir que nuestro estudiante presenta bajos aprendizajes. Cuando observamos que, a pesar de que en casa hay apoyo y buena crianza, nuestro alumno aprende poco o a menudo se rezaga, preferimos usar eufemismos como: “su hijo tiene áreas de oportunidad”, su aprendizaje está aún en proceso” o “cada niño tiene su ritmo que debemos respetar”.
No ignoro la ventaja psicológica que tiene recibir retroalimentaciones con un lenguaje reafirmante y positivo, lo que intento señalar es que ello conlleva el riesgo de enviar un mensaje que impida trazar un conocimiento más preciso del desarrollo del niño y, en su caso, las medidas conducentes de impulso o apoyo.
Otra prohibición que tenemos frente a padres es comparar a su hijo o hija con otro estudiante. Aunque la comparación es un proceso inexcusable a la mente humana, la psicología ha sentenciado que toda comparación entraña devaluación del comparado. Así, no podemos decir: “su hija es menos lista que su compañera de al lado” o “su hijo es mi estudiante que menos avanza de la clase”. Nuevamente, aunque en nuestra escala interna elaboremos jerarquías y ordenamientos, esto no puede ver la luz.
La manera que tenemos de resolverlo es con una estrategia de combinación. Primero decimos lo inteligente que es el estudiante (una piropo suavizante) para después usar el adversativo “pero”. Por ejemplo, decimos: su hijo es inteligente “pero”…. y aquí vienen una serie de calificativos que expresan el centro del mensaje que queremos comunicar: se distrae, es inquieto, por hacerlo rápido se equivoca, es lento, le encanta platicar, no le gusta escribir, está desmotivado, es hiperactivo, entre otras.
La autocensura de maestros o directores para expresar con sinceridad la capacidad inteligente de los niños es porque los padres de familia tienen una alta expectativa de sus hijos e hijas. Siempre he pensado que ser padre o madre requiere un proceso de reflexión y autoconocimiento personal que implique no trasladar nuestros deseos a los hijos.
La imagen de desilusión de un papá que observa a su hijo jugar futbol y tirar un fallido penal, nos puede ayudar a entender que son los padres quienes deben atemperar sus deseos de gloria a través de sus hijos. Los niños no vienen al mundo para hacer sentir bien a sus padres; vienen para vivir plenamente su vida y para ello debemos verlos como personas que merecen ser respetadas en su singularidad y valor.
Aunque defiendo la idea que debemos abordar el tema de la inteligencia diferenciada sin censura, también defiendo la idea de igualdad de valor y dignidad en todo ser humano. Especialmente, durante la infancia, padres y maestros debemos arropar a los niños sin prejuicios de valor diferenciado. Esto es, los niños que aprenden rápido son tan valiosos y tan dignos, y deben ser igualmente aceptados y amados, que aquellos que requieren reforzamientos o la reiteración de la explicación. No hay porqué enmascararlo ni censurarlo, simplemente aceptarlo y trabajar sobre ello. Tengo la expectativa fundada (producto de la experiencia) que si abordamos con franqueza el tema a edades tempranas, a la postre, y con una trayectoria educativa que combine la buena crianza y la buena pedagogía, las diferencias se harán mínimas.
Docentes y educadores somos las personas idóneas para abordar estos temas con padres y madres de familia, al menos por tres razones. La primera tiene que ver con la formación que recibimos durante nuestra formación inicial sobre temas de desarrollo infantil; La segunda, que al tener la perspectiva de aula (un grupo de niños de una misma edad), podemos observar cómo, bajo una misma enseñanza, el logro de los aprendizajes es diferenciado. La tercera razón tiene que ver con la ventaja de imparcialidad que tenemos respecto a los padres de familia; al no sentir el amor incondicional propios a la maternidad y la paternidad, nuestras observaciones e interpretaciones pueden calibrarse en un piso de igualdad y por efecto, alcanzar un mayor rigor.
Es fundamental insistir con los padres que ver a los hijos como la extensión de su propio proyecto personal limita la posibilidad de que los niños desplieguen con libertad su singularidad. Al mismo tiempo, comprender que abordar con franqueza y claridad sus necesidades intelectuales no les resta valor ni aceptación en el mundo adulto; por el contrario, abre la puerta a una intervención educativa más oportuna y eficaz.
Un neuromito, la otra causa
Catherine L’ecuyer, en su libro “Conversaciones con mi maestra”, detecta como uno de los neuromitos más prolíficos en el mundo educativo, la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner. La autora sostiene que no existen evidencias científicas para respaldar esta teoría.
Recordemos que de acuerdo a Gardner, todos tenemos diferentes tipos de inteligencia, lo que sucede, explica, es que el sistema escolar privilegia unas por encima de otras. Por ejemplo: la inteligencia lógica-matemática y la lingüística-verbal se encuentran mejor valoradas en los currículos escolares que la corporal-quinestésica o la musical. Con ello, según el autor, los estudiantes que no poseen la inteligencia que requiere el mundo escolar sufren una devaluación de su real potencial.
La teoría de las inteligencias múltiples supone que las "diferentes inteligencias” son independientes unas de otras, por ejemplo, puedes tener inteligencia musical y no matemática, o tener inteligencia kinéstésica pero no interpersonal. En realidad, esto no funciona así.
Los teóricos actuales sobre inteligencia se decantan por la idea de que hay una inteligencia general que se expresa o distribuye de manera más o menos uniforme en todas las habilidades (Andere, 2023). Lo anterior, conduce a la idea de que si alguien es bueno en matemáticas muy probablemente lo sea también en música o lingüística.
Mi hipótesis es que la teoría de la inteligencias múltiples se popularizó en las escuelas porque permitió a los docentes “comprender” las diferencias en la adquisición de los aprendizajes, pero también porque les ayudó a comunicar estas diferencias a los padres de familia. Es mejor para un padre o madre de familia escuchar que su hijo tiene inteligencia kinestésica a que es latoso o muy inquieto, o que le cuestan trabajo las matemáticas pero en cambio tiene inteligencia intrapersonal.
En realidad, y apegándonos a nuestra experiencia empírica, los docentes sabemos que un estudiante que es bueno para matemáticas, la mayoría de las veces, también es bueno para lengua, historia o ciencias. En las aulas comprobamos día a día que la inteligencia de nuestros niños se manifiesta de manera más o menos estable en diversas áreas, como lo dicen los teóricos actuales.
Mirar más allá de la inteligencia
Aunque el propósito de este texto es ofrecer elementos de reflexión y orientación a los padres y maestros, también me interesa desplazar la centralidad de la inteligencia y optar por un valor formativo de mayor relevancia y que podemos cultivar día a día en las aulas y en los hogares: el esfuerzo y la perseverancia.
Eduardo Andere, en su libro Conexiones y equilibrios: cerebro, mente y ambiente para aprender y crear, basado en la literatura más reciente sobre aprendizaje, recomienda evitar los comentarios sobre el grado de inteligencia de los estudiantes y enfocarse, en cambio, en el esfuerzo que demuestran al aprender. Expresiones como: “¡Muy bien, excelente esfuerzo!” o “esta vez no te esforzaste lo suficiente” resultan más constructivas. Al parecer, centrar la atención en la voluntad de trabajo y la perseverancia ofrece, a la larga, mejores resultados para el aprendizaje y contribuye de manera más efectiva a la formación de los estudiantes. En otras palabras, se trata de reconocer la motivación y la dedicación sostenida que ponen los estudiantes en el proceso de aprender, en lugar de elogiar únicamente la disposición natural que poseen para lograrlo. Me parece una idea valiosa.
En definitiva, los docentes debemos intentar formas constructivas y honestas para comunicar los procesos intelectuales de nuestros estudiantes. No dejarnos llevar por teorías sin el suficiente sustento científico ni por las expectativas irreales de los padres de familia. Nuestro compromiso es mantener un interés genuino por cada niño, reconociendo sus diferencias sin convertirlas en motivo de devaluación ni de exaltación. El valor de la persona no se mide por su capacidad intelectual, sino por el camino que recorre en la construcción ética de sí misma. A los maestros nos corresponde, además, orientar a los padres hacia una comprensión equilibrada de la crianza, en la que cada hijo sea reconocido en su singularidad y dignidad, mientras se fomenta el desarrollo de su potencial mediante el esfuerzo y la perseverancia. Solo así será posible construir entornos educativos más justos, conscientes y respetuosos de las verdaderas necesidades de cada estudiante.



La inteligencia siempre ha sido una piedra en el zapato para nosotros los educadores, ya que la gran mayoría de los actores educativos, no tienen una perspectiva adecuada respecto a como expresarlo a los padres, ya que algunos de ellos quieren solo un resultado númerico y no de desempeño de los alumnos, lo que nos lleva en muchas ocasiones a maquillar las situaciones de los alumnos para cumplir solo con parametros que son ajenos a la realidad.
Una gran diferencia sería que desde niños se les educara en el ámbito que si bien no todos tenemos el mismo grado de "inteligencia" si tenemos competencias diferentes para poder desarrollarnos a lo largo de la vida, pero dentro de esto que la…
Esto de la inteligencia siempre es causa de controversia, tanto para su estudio como para su evaluación. Su definición de inteligencia, "la inteligencia como capacidad personal de procesar, comprender y analizar información verbal y datos numéricos", la encuentro similar a cómo lo conceptualizaba cuando daba clases a alumnos de ingeniería: "un ingeniero es un profesionista capacitado para adquirir, procesar, comprender, analizar e integrar información para crear una solución óptima a un problema". Esto además implica otras habilidades, como la concentración y la constancia en el trabajo intelectual, pues los resultados buscados no brotan como hongos ni son evidentes normalmente. Así, los niños y las personas en general no "son inteligentes", sino que a lo largo de la vida van adquiriendo la…